Por qué los peruanos condenamos el terrorismo

1992 fue un año particularmente importante en la historia de nuestro país. Llegamos a él con varios de los males que sufríamos desde la década de los ochenta: la violencia terrorista, una respuesta militar fallida frente a la subversión, la aparición de paramilitares, el desastre económico y la crisis política. Fue un año de hechos emblemáticos en nuestra historia nacional: el horrendo asesinato de María Elena Moyano (febrero), el autogolpe de Estado de Alberto Fujimori (abril), la masacre contra los universitarios de La Cantuta (julio), el atentado terrorista de Tarata en Miraflores (julio), el brutal ajuste económico del fujishock (agosto), la captura del terrorista número 1 del país, Abimael Guzmán (setiembre), y el asesinato del líder sindicalista y opositor al gobierno de Fujimori, Pedro Huilca Tecse, mi padre (diciembre).

Visto desde ahora, impresiona que en un año se hayan condensado tantos y tan definitivos acontecimientos para nuestra sociedad, sobre los que se ha dicho y escrito mucho. En más de una forma, casi todos estos hechos despiertan controversia y tienen valoraciones muy diferentes, hasta opuestas. Pero hoy 12 de setiembre, quiero compartir mi reflexión sobre uno de ellos, el que desde mi punto de vista no debiera generar sino una clara unidad entre peruanos y peruanas: la captura de Abimael Guzmán, fundador del grupo Sendero Luminoso. Esto dio un giro definitivo a nuestra historia y, aún en medio de las enormes dificultades que nuestro pueblo enfrentaba en ese momento, anunciaba cierta esperanza: era el declive de la insanía terrorista, el fin del miedo que le fuera impuesto a las millones de familias peruanas del campo y la ciudad.

Los terroristas hirieron, mataron y destruyeron. No solo atentaron contra la vida y el trabajo del pueblo peruano, también lo hicieron contra sus instituciones, sus formas de organización y sus líderes. Por esos enormes daños, los peruanos y peruanas condenamos el terrorismo. Que el golpe definitivo -el arresto de Guzmán y la desactivación de su sanguinaria organización- se haya dado como resultado del trabajo policial y de inteligencia, por medios laboriosos y pacíficos, debe ser motivo de un orgullo compartido por todas y todos. Quiero resaltarlo hoy porque, como muchos otros peruanos y peruanas de izquierda, percibo que muchas veces se vende un terrible engaño: que ser de izquierda es ser terrorista, que quienes somos de izquierda somos seguidores de Abimael Guzmán y que no reivindicamos la importancia de su captura.

Las peruanas y peruanos de izquierda también condenamos el terrorismo. Porque los terroristas hirieron, mataron y casi destruyeron nuestro futuro como país. Y porque el terrorismo contribuyó a la estigmatización de la izquierda. El terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA que condenamos brindó una excusa para que se persiga y se silencie -incluso con la muerte- a toda persona que, sin recurrir a la violencia, actuaba en nombre de luchas sociales, que hablaba de igualdad, que cuestionaba el orden social injusto. La acusación de izquierda = terrorismo es terriblemente falsa, y lamentablemente se repite hasta hoy. Es posible reconocer una tradición de izquierda que siempre rechazó el terrorismo y le puso el pecho, aún a costa de la propia vida. Y lo hizo en nombre del pueblo y desde las organizaciones del pueblo. Y deslindó también con la lógica militar de la represión que, al fin y al cabo, resultó en otra forma de sembrar terror frente a muchas y muchos compatriotas.

Hoy 12 de setiembre de 2016, casi un cuarto de siglo ha pasado. Quienes tienen más de treinta años pueden recordar a Guzmán como el enemigo número uno del Perú. Pero para las y los jóvenes peruanos, que son ahora mayoría, Abimael Guzmán es un hombre acabado, un terrorista encarcelado, un hombre al borde del olvido. No obstante, todas y todos debemos recordar quién fue, qué hizo, lo que destruyó. En ello podemos aportar quienes fuimos alcanzados directamente por la guerra que él inició: hijos e hijas de dirigentes perseguidos y asesinados, de inocentes muertos y desaparecidos, de policías y militares caídos en combate, incluso los hijos de los senderistas y emerretistas. Toda esta memoria es necesaria y debería servir no para acusarnos falsamente, sino para celebrar que somos una sociedad que derrotó a la muerte y al terror y aprendió -y sigue aprendiendo- que la convivencia en paz es el mejor medio para lograr una sociedad más justa.